En el final de los tiempos

Mi foto
Nombre:
Lugar: Buenos Aires, Argentina

Historiadora. Ensayista. Periodista. Docente. Directora de las Revistas: "Galaxia Porteña" y "Opus Tango". - Miembro fundador de la "Peña de Historia del Sur”, de “GABA Historia y cultura" Presidenta de "Opus Tango, Cultura y Urbanismo". AUTORA DE LOS LIBROS: *"Influencias recíprocas, Estados Unidos-Argentina"; * "Estados Unidos y el Proyecto educativo de Sarmiento"; * "Cartas de Manuelita"; * "El año 36 en Boedo"; * "Boedo, Cultura y Sociedad"; * "Amor y desesperanza. Análisis de “los Textos eróticos del Río de la Plata” de Lehmann Nitsche"; * "Colletorto – Chivilcoy, éxodo y reconstrucción"; * "Porteñadas y lunfardías"

domingo, septiembre 16, 2012


El le escribió que su vida sexual estaba inmovil.
"Algunas veces me imagino despertando entre esas piernas largas..."
No quedaba espacio para la imaginación, lo decía con todas las letras,
extrañaba más que sexo, ternura. Una mano distraída acariciando, una respiración muy muy cercana. Un amanecer verdaderamente juntos sin apuros, ni culpas, con alegría. Un beso en los labios.
Ella respondió:
Ay no sabés cuanto me gustaria volver a tener un orgasmo con llanto de ternura, lo que daría por un beso de amor.
Y se quedaron tan tranquilos. Habían llegado al punto de poder decirse todo sin comprometerse.

Etiquetas:

Ajedrez del amor


Todo pasa por saber si continúo queriéndote.
En los días mansos, me dejo llevar por la esperanza y que hemos retomado la continuidad de las horas buenas.
Cuando te gana el mal gesto, que es lo habitual, la distancia entre ambos, es un negro saco sin fondo. Yo no soy araña para trepar por paredes de arpillera.
El amor es un movimiento de ajedrez, y mientras se piensa como dar el jaque mate, vienen rostros y manos, a consolar la frialdad del pensamiento.

Etiquetas:

Distracciones

Oleo: Janick Lederle

Dijo Sherazade al califa:
- Hubo dos noches, en que interrumpí mis relatos, rey. En esas noches te di a cada uno de tus hijos -

*

*

*
El rey estaba tan embelezado con las palabras de la hija de su visir, que no comprendió que ella se multiplicaba.
Suelen ocurrirle a las mujeres dispersarse en frutos.
Suele ocurrir que los hombres se distraigan.

Etiquetas:

Ti voglio tanto bene mamma!



La mamá de Patrizia solía contarme anécdotas de su niñez en Rimini, en tiempos de la posguerra.

Eran campesinos. Todas las mañanas al alba, el padre, los cinco hijos varones y 3 de las mujeres (incluída Anna, que era una niña pequeña), realizaban una larga marcha hasta el campo donde trabajaban.

La madre y la hija mayor se quedaban en la casa. Lavaban la ropa, fregaban los pisos, alimentaban las gallinas que habían sobrevivido, buscaban la leche, remendaban la poca ropa que había, hacían milagros porque eran épocas duras y ellos eran muy humildes.

La mujer se hacía cargo de la mayor parte de las tareas y de la cocina, tratando de alivianar las de la muchacha que bordaba el ajuar aunque no tenía novio.

Cada día preparaba la masa de cinco tipos diferentes de fideos, las extendía sobre la mesa y con sus manos endurecidas sobaba hasta sacar del engrudo vermicelli, fusilli, Ave Marie, maccheroni, bucatini. Lo hacía así para complacer el capricho de cada uno de sus hijos varones, que no coincidían en gustos.

Cuando regresaban de la faena, los hijos alzaban a la madre, la abrazaban, la cubrían de besos, ¡carissima mamma!

Anna, a pesar de su corta edad reflexionaba y preguntaba a sus hermanos:

- Si tanto quieren a mamá, porque no comen todos el mismo tipo de pasta y le dan la posibilidad de romperse menos la espalda.-

Para eso, ellos no tenían respuesta, la mamma era sagrada, pero los fideos eran los fideos…

Etiquetas:

Carta de Ariadna a Teseo


Mi estimado Teseo.

Soy Ariadna.

Aquella muchacha hija del rey de Creta, no sé si recuerdas, esa que te salvó de ser devorado por el minotauro y, a tu pueblo de pagar el tributo de donceles y doncellas. Aquella del talle fino y las piernas largas, la de las trenzas castañas que gustabas enredar entre tus dedos.
Esa que abandonaste a su suerte en las playas de Naxos, aprovechando que dormía, para huir con sigilo.

Te escribo, Teseo, porque es de amigos la gratitud y, en todos estos años, no pude expresarte mi reconocimiento a tu abandono.


Pero ahora, ante tanto comentario funesto sobre ti, ante ese estallido de risas en las tabernas llamándote antihéroe, me di cuenta de los años transcurridos.

Sé que estarás viejo rey de Atenas, que tus espaldas se curvarán, tu piel colgará flácida, tu cabello -si lo conservas- cano, tus deseos apagados y preparándote para cruzar las aguas del Estigia. Como comprenderás debía apresurarme.

Tantas calamidades se cuentan sobre ti... Dicen que no mataste al Minotauro. ¿Cómo es posible, si además del ovillo para que remontaras el laberinto, te di la espada mágica capaz de vencerlo.

Tanto me inquietan los rumores que consulté con las diosas, aunque podría haber encontrado las respuestas por mi misma. Podría, porque desde el momento aquél en que me abandonaste, me volví inmortal. Si me vieras, me reconocerías en el acto, Teseo. Nada he cambiado, mi piel aún es una magnolia.

A propósito ¿Cómo se encuentra Fedra, mi querida hermanita, esa que te arrancó de mi lecho para llevarte al suyo? Me han dicho que lleva la cabeza cubierta por paños negros, que algo la avergüenza. Y que no es sólo el haber enamorado a tu hijo Hipólito, sino algo relacionado con su madre. ¿Será es obra suya la muerte de Hipólita?

Vaya destino el tuyo Teseo... ¡ Qué penoso! Cuánto lo siento. Pudo ser sereno y armonioso... pero me abandonaste en Naxos.

Son las cosas de la Vida.

Hoy, bebiendo ambrosía de la copa de mi amado, me volvió el recuerdo de aquella mañana en que entró al puerto la embarcación de las velas negras, con su carga de atenienses reclamada para el sacrificio.


Te vimos bajar Fedra y yo; sobresalías entre todos. Tan guapo con tus muslos firmes, la espalda ancha, los pectorales de bronce y esa cabeza que parecía ornada de virtudes.

¡Cómo engañan las apariencias, Teseo!

Una sirvienta nos dijo que eras el hijo del rey de Atenas, llorábamos por tí, se acercaba el día en que entrarías al laberinto. No abandonabas mis pensamientos, ni de los de Fedra. ¡Mosquita muerta! Con razón no quiso permanecer en Creta aunque para ella no habría habido castigo. Y yo que me creí esa historia de que no abandonaría a su hermana mayor. ¡Hipócrita!

Para salvarte, compré al carcelero con el oro que adornaba mis trenzas y entregándote el ovillo y la espada te enseñé como usarlos.
En señal de gratitud tomaste mis manos.

- Tendrás que llevarme contigo, Teseo, porque la ayuda que te doy me condena a muerte. Los tuyos mataron a mi hermano, mi padre no perdonará esta traición.-

Juraste por los dioses, por el honor de tu padre y el resultado de tu empresa, que nunca me abandonarías.

Yo te creí, ¿Cómo no iba a hacerlo si tus ojos miraban a los míos y derramaban tiernas lágrimas? Después supe que el polen de las flores cretenses afectaba tu vista.

Me hiciste tuya en la noche de navegación. Te urgía conocerme, yo me entregué enamorada. Eran tan hermosos tus cabellos negros, tan apretado tu abrazo, tan resplandecientes tus palabras como azules los mares que atravesábamos.

Quedé rendida por los efectos del amor. Cuando nos detuvimos en Naxos, me recosté sobre la arena, apoyé la cabeza en mi brazo y me dormí profundamente.
Al despertar, tus naves estaban lejos, tan lejos que no oíste mis gritos.

Aún estaba en lo mejor de mi rabieta, cuando escuché una música deliciosa. Una procesión como jamás había visto avanzaba bulluciosa. Bellísimos jóvenes danzaban alrededor de un carro de oro, arrancando melodías maravillosas a los címbalos y las flautas. Las risas interrumpían la música y los danzantes hacían cabriolas.


Pero en el carro, ¡Ay… Teseo!, en ese carro viajaba el hombre más bello que ojos hayan visto. Y los suyos me descubrieron.

Descendió, se acercó a mí y, a pesar de mis párpados hinchados, de mi piel roja por la ira, acarició mi cabeza y exclamó que era más hermosa que Venus, pidió una copa de vino, y tendiéndomela me ofreció:

- Sé mi esposa, te volveré inmortal.-

No hay varón más perfecto que Dioniso. Amado como es por dioses y mortales nos rodea la alegría, la pasión y, los placeres.

Para evitarme la nostalgia, preparó un largísimo viaje por las ciudades de los hombres. Luego, ya instalados en la morada inmortal, nos dimos el uno al otro cuatro hijos, dignos de su cuna. Hemos sido tan felices, que en reconocimiento a nuestro amor, Dionisio, ha convertido la diadema que me obsequiara el día de nuestra boda en una constelación, que siempre recuerde nuestra unión.

Es por esto Teseo, deseaba agradecerte, que aquél día me abandonaras en Naxos.
Tuya


Ariadna

Etiquetas:


-¿A dónde viviríamos? Me preguntaba él, que era hombre de fortuna, jugando con la idea de abandonarlo todo, para vivir un amor clandestino.

- Al borde del mar claro, en una playa con pinar.-

- ¿Sabes pescar?.-

- No. Pero vos cazarías ballenas.-

- ¡Nada menos!.-

- Nada menos.- Y nos reíamos como tontos. Porque el amor, al inicio tiene mucho de inocencia.

Con el pasar de las hojas, alguna vez lo repetimos y a un tiempo, a ambos, los ojos se nos llenaron de lágrimas.

La promesa se había amasado con nostalgia.

Etiquetas:

Cerca del Nirvana

Oleo: R. Magritte


El hombre y la mujer, sentados uno al lado del otro en las gradas altas del parque, no se miran, no se rozan más que los hombros cuando se mueven. Y, fijándose bien casi no tienen otro movimiento que el de la respiración y los labios.
Estoy sentada muy cerca de ellos pero no me perciben. Me da cierto prurito mi puesto casual de observadora

- ¿Sabés?- dice él.- en estos momentos tengo una sensación muy especial y excitante una mezcla deliciosa de sexualidad intensa y de ternura finísima, sin saber qué predomina más.-

La sonrisa le estalló a ella en el pecho. Él con la misma calma, prosigue

- Es una mezcla sosegada, una emoción serena muy relajante que me llena el alma y también mi cuerpo. Me gusta ser tu amante… Dios, simplemente te amo.-

Miro a un lado y al otro, los pájaros revolotean entre los árboles. El otoño se ha hecho primavera.

Etiquetas:

In memorian

Él era lo que en buen porteño se calificaba como “tanito castigador”: un engreído, que creyéndose hermoso se ufanaba de ganar a todas las mujeres y tener la última palabra en cualquier lid amorosa. Resumiendo: un fanfarrón.

Como buen tanito castigador se mostraba al mundo en un todo perfecto, de la camisa a los zapatos, del reloj a las llantas del auto, reluciente y sobrador mirando a los pobres mortales por sobre el hombro con una sonrisa socarrona.

Un Apolo debe bajar del Olimpo, un Apolo no tiene historia. Así pasaba con él, que soltaba de tanto en tanto alguna leyenda de grandeza, que nada aportaba sobre su pasado.

Lo conocimos como Damián. Nombre de moda, que pegaba bien con ese estilo suyo de ostentación irreverente.

Fueron pasando los años, él contando sus grandezas, todo el grupo soportándolo por cariño a María, su patética mujer, hasta que un día Liz nos presentó a una amiga suya y María la invitó a una fiesta en su casa.

Apenas entró al living, la recién llegada y Damián se quedaron petrificados, en un silencio que se cortaba con cuchillo, hasta que ella, con una sonrisa de oreja a oreja, soltó un:

- COSME!!! Y corrió a abrazarlo.

Pensamos que se había equivocado. Era Damián, no Cosme... Él primero empalideció, luego enrojeció, se achicó a la mínima expresión... Cosme, es, al fin y al cabo, entre nosotros, un nombre tan antiguo y deslucido, tan poco apropiado para sus elegancias de purpurina.

No se confundía, habían sido vecinos durante la infancia y la adolescencia. Amigos inseparables de aventuras, cazando ranas en los pantanos que formaba la lluvia en las calles de tierra. Damían mantenía los ojos desorbitados y un aspecto de apoplejía.

Ella, que lo conocia en todos sus resquicios, se pasó la noche contando anécdotas, llamándolo con el apelativo de toda al vida… antes de reinventarse.

-Cossimo… Cossimo… ¿seguís siendo un fanfa?- Le preguntó al terminar la reunión.

Esa noche, Damián se fue por el desagüe y por los años que duró su matrimonio con nuestra resignada amiga, nadie lo volvió a llamar con otro nombre que Cosme… que al fin de cuentas, era el del bautismo.

Etiquetas:

Bitácoras de juventud


Bajar la caja de las bitácoras, me recordó, la otra semana, cuánto llevábamos sin vernos.
Así que pasé a visitarlo por el consultorio. Me senté frente a él, escritorio por medio y canturree
- Voce abuso, tiro partido de mi, abuso….
Se echó hacia atrás y riendo me preguntó que quería decirle
- Estuve releyendo mi diario, el del tiempo en que me sedujiste.
- ¿Yo a vos? ¿O vos a mí?
- Voce abusó… - insistí
- ¿Lo tenés?
Lo busqué en la cartera, se lo extendí. Lo miró por arriba y lo guardó en un cajón del escritorio.
- Cuando lo termine de leer te lo devuelvo.
Pensar que si entonces, él hubiera sospechado la existencia de ese diario, yo habría muerto de vergüenza…
Después nos quedamos charlando de cosas imposibles: su nieto, mi hijo, un articulito que publicó Flavio.
Una charla sin aspavientos con ese hombre, que fue por lejos, el más deseable de mi primera juventud.

Etiquetas:

Carlota y la cocina


Carlota era conocida como la bella francesa. Y su lindura debió ser superlativa, porque aún se la recuerda con ese calificativo.

Entonces, algunos hacían hincapié en lo de francesa, masticando con aceptación lo innegable de su galanura.

Francesa, lo que se dice francesa, no era. Según la leyenda, su padre había sido uno de aquellos soldados que componían el ejército de los 100.000 hijos de San Luis, que vaya saber uno porqué, se radicó en España, y ya viejo, engendró a Carlota, que abrió los ojos a la vida en El Bierzo.

Ella, para marchar sus caminos, se valió de su figura y de su astucia, que también la tenía a mares.


Por eso, partiendo de la nada, ahora en Lugo, metió en la hucha de su ambición tierras y maridos. Y cuando ya el cuerpo no le daba, movió sus reyes con certidumbre, obligando a sus hijas a casamientos patrimoniales.

La vida le cobró todas las lágrimas y penurias de aquellas niñas que intercambió.


Sus cuatro hijos varones vinieron a América. A los cuatro los sorprendió la guerra en Cuba.

Sentada a la lumbre con lo que le quedaba de familia, en las noches profundas, en la casa de piedra, el aullido del lobo encrespaba a todos. Pero ella oía mejor. Destejía el lamento en nuevas. Por eso en cuatro ocasiones, se levantó llevándose las manos al pecho, pálida como la luna, muda como pedernal, sabiendo que tenía un hijo menos.

No necesitaba del telegrama que puntualmente llegaba con sus lutos.

Decían en esa cocina, tantísimos años después, que la muerte que siempre nos ronda, habla para quien la sabe oír.

Carlota sabía. Y de todos los dones que le había tocado en suerte, este encerraba el huevo de la serpiente.

Etiquetas:

viernes, septiembre 14, 2012

Él decía

Oleo: Felix Vallotton


Decía que era agua bautismal.
Por eso todas las noches me bañaba perfilando un rito en mis entradas y salientes. Restregaba mi piel hasta dejarla roja y ardiente. En ese punto se mostraba complacido, declaraba que había sido liberada del pecado. Pecado que yo sabía no había cometido, ni tenía entidad.

Pero lo dejaba hacer y en su fe, fingiéndole que cada noche era una mujer nueva, renacida de sus manos de alfarero.



© Ana di Cesare. De "Sobre lo Perdido y reencontrado"

Etiquetas: